—Nadie aquí va a detenerte —dijo—. Y si alguien lo intenta, no seguirá trabajando aquí cuando se ponga el sol.
El guardia se enderezó tan rápido que pareció asustado.
A esas alturas, la mitad del personal observaba la escena.
La anfitriona se había quedado inmóvil con dos menús en la mano.
Un valet incluso dejó de atender un Mercedes encendido porque comprendió que algo mucho más importante estaba ocurriendo frente a la entrada.
Dentro del restaurante, los clientes también comenzaron a darse cuenta.
Las conversaciones se apagaron.
Las cabezas se giraron.
Y el peculiar silencio que solo existe en los lugares caros empezó a extenderse mesa tras mesa.
Ese tipo de silencio que aparece cuando la gente cree estar observando una pequeña molestia y descubre demasiado tarde que está presenciando un cambio de poder.
Marcos te condujo al interior.
Lo primero que sentiste fue el aire acondicionado sobre la piel.
Después llegaron los aromas.
Mantequilla.
Vino.
Trufa.
Madera pulida.
Dinero.
Las lámparas de cristal brillaban sobre las mesas cubiertas con manteles blancos impecables.
Al fondo, un pianista seguía tocando, aunque comenzó a equivocarse cuando notó que nadie estaba prestando atención a la música.
Estela ya estaba completamente de pie.
Compuso una sonrisa demasiado rápida y demasiado brillante.