Quiso hacerse el gracioso ante el policía durante un control de alcoholemia y terminó esposado

Creyó que podía ganarle la partida al oficial. Pensó que una frase ingeniosa, una sonrisa segura y un chiste bien colocado bastarían para transformar una situación grave en algo trivial. Sin embargo, en aquella carretera oscura y solitaria, con el olor a alcohol flotando en el aire y su equilibrio ya fallándole, no había absolutamente nada gracioso en lo que estaba ocurriendo.

Un control de tránsito como tantos otros
La parada comenzó como muchas otras noches. Un auto se desviaba levemente del carril, luego se corregía y volvía a zigzaguear. La carretera estaba en silencio, los faros iluminaban el asfalto y el oficial al volante de la patrulla comprendió de inmediato que algo no andaba bien.

Cuando las luces intermitentes aparecieron en el espejo retrovisor, el conductor se orilló lentamente, como si quisiera demostrar que tenía todo bajo control. Pero justamente el control era lo que ya había perdido.

Las señales que no se pudieron ocultar
El oficial se acercó con precaución y realizó las preguntas de rutina: de dónde venía, si había bebido algo, si sabía por qué lo habían detenido. El conductor sonrió demasiado y aseguró estar «perfectamente bien». Sin embargo, sus palabras no coincidían con su estado.

Su habla era arrastrada.
Sus ojos se veían vidriosos.
Sus movimientos eran torpes y lentos.
Cada gesto lo delataba, por más relajado que intentara parecer.
El oficial se mantuvo tranquilo y profesional. Había visto esta escena muchas veces: personas convencidas de estar lo suficientemente lúcidas para manejar, lo suficientemente rápidas para reaccionar y lo suficientemente astutas para librarse con palabras. Pero el alcohol tiene una manera particular de convencer a quien lo consume de que sigue siendo capaz, incluso mucho después de que su juicio ya se ha nublado.

Las excusas comenzaron a caer
Cuando le pidió que bajara del vehículo, comenzaron las excusas. El hombre dijo que estaba cansado. Luego culpó al estado de la carretera. Después admitió que había tomado «solo un par». Reía con nerviosismo, intentando convertir la parada en un malentendido.

Pero sus pies lo traicionaron. Le costó mantenerse erguido, tropezó durante la prueba de caminata, se saltó indicaciones y falló en cada intento. Buscó bromear, pero el rostro del oficial no cambió. Aquello no era un juego: era una situación potencialmente mortal.