La mañana de Acción de Gracias comenzó como cualquier otra.
Me desperté temprano, puse el pavo en el horno y empecé a preparar las recetas familiares que llevábamos cocinando durante generaciones. Mi hijo Daniel siempre llegaba primero. Solía aparecer antes del mediodía, probando los aperitivos antes de que estuvieran listos y bromeando con que venía solo por la comida.
Por eso, cuando mi teléfono vibró a las 10:17 de la mañana, no esperaba leer un mensaje que me rompería el corazón.
“Mamá, lo siento mucho. No podré ir a la cena hoy. Tengo que trabajar. Te llamaré más tarde.”
Lo leí varias veces.
Daniel nunca faltaba a Acción de Gracias.
Ni siquiera cuando vivía a tres estados de distancia.
Ni siquiera cuando estaba enfermo.
Algo no encajaba.
Intenté llamarlo de inmediato, pero no respondió.
Me convencí de que probablemente estaba ocupado y seguí cocinando, aunque el nudo en mi estómago no desaparecía.
A medida que pasaban las horas, la casa se llenó de familiares. Todos preguntaban por Daniel.
—¿Dónde está?
—¿Viene más tarde?
—Seguro que aparece para el postre.
Yo sonreía y repetía la misma respuesta:
—Tuvo que trabajar.
Pero por dentro, cada minuto aumentaba mi preocupación.
A las cinco de la tarde, justo cuando nos sentábamos a la mesa, escuché golpes en la puerta.
Pensé que finalmente era Daniel.
Corrí a abrir.
Pero no era él.
Era un oficial de policía.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Señora Martínez?
—Sí…
—No se asuste. Su hijo está bien.
Tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no caer.
El oficial explicó que Daniel había estado involucrado en un accidente automovilístico esa mañana.
Nada grave, gracias a Dios.
Sin embargo, había sufrido una conmoción leve y los médicos le habían recomendado permanecer en observación.
—Nos pidió que no la preocuparan hasta que supiera que estaba fuera de peligro —explicó el oficial.