Leo lo observó. "¿Eres nuestro padre?"
"Sí."
"¿Quieres serlo?"
La voz de Harrison se quebró. "Más de lo que puedo explicar."
Mason susurró: "¿Vas a hacer llorar a mamá?"
Harrison miró a Chloe y luego se volvió hacia él. "No. No fue a propósito."
Durante la siguiente hora, los chicos lo interrogaron con brutal franqueza. ¿Tenía escaleras? ¿Comía cereales? ¿Sabía hacer panqueques? Él escuchaba cada pregunta como si fuera más importante que cualquier transacción comercial en su vida.
Mason finalmente se sentó a su lado. Lucas hablaba en voz alta sobre dinosaurios. Leo permanecía alerta, observándolo todo.
Cuando se cumplió la hora, Harrison no protestó. "Gracias por permitirme conocerlos", les dijo a los muchachos.
Lucas dijo: "Puedes volver si mamá te lo permite".
Mason murmuró: "Adiós". Esa simple palabra casi lo destrozó.
Antes de que Chloe se marchara, Harrison le entregó un documento doblado. "Encontré algunos archivos de ese año", dijo. "Madeline no actuaba sola".
Chloé leyó el periódico.
Autorización de pago aprobada: Arthur Winters.
Su padre.
La voz de Harrison era grave. "Tu padre le pagó a Madeline trescientos mil dólares después de que ella te impidiera verme".
Chloe sintió un frío repentino. Su padre la había ayudado después del divorcio. Le había comprado la casa a través de un fideicomiso. Le había encontrado médicos. La había protegido durante su embarazo. Al menos, eso creía ella.
Su teléfono vibró entonces.
Papá: No confíes en Harrison. Sabe menos de lo que cree.
Otro mensaje iba acompañado de una foto. Madeline aparecía de pie frente a una clínica privada junto al padre de Chloe. Julian Reyes estaba a su lado.
Todos creían que el asesor genético llevaba cuatro años muerto. Pero la foto era de tres semanas antes. Julian estaba vivo.
Chloe miró a Harrison. —Julian no está muerto —susurró—. Y mi padre sabe dónde está.
Al otro lado del parque, sus hijos reían inocentemente. Pero el pasado había resurgido bajo sus pies. Y esta vez, no se trataba de un simple malentendido.