Durante 12 años le llevé la compra a mi vecino de 84 años todos los domingos. Después de su funeral, su abogado me entregó una maleta maltrecha… y lo que había dentro me hizo temblar las manos.

La primera vez que conocí a Don Ernesto fue por casualidad.

Yo acababa de mudarme al barrio y lo vi intentando cargar varias bolsas de la compra desde su coche hasta la puerta de su casa.

Tenía 84 años.

Las manos le temblaban.

Y cada paso parecía costarle un enorme esfuerzo.

Sin pensarlo demasiado, me acerqué.

—¿Le ayudo?

Me observó durante unos segundos.

Luego sonrió.

—Solo si no te importa escuchar las historias de un viejo.

Aquella tarde duró casi tres horas.

Y sin saberlo, comenzó una amistad que cambiaría mi vida.

Todos los domingos

A partir de entonces empecé a llevarle la compra cada domingo.

No era una obligación.

Ni un trabajo.

Simplemente disfrutaba de su compañía.

Mientras guardábamos los alimentos en la cocina, él me hablaba de su juventud, de los lugares que había visitado y de la esposa que había perdido años atrás.

Nunca tuvo hijos.

Ni familiares cercanos.

Yo era prácticamente la única persona que lo visitaba con regularidad.

Con el tiempo nuestras conversaciones se volvieron una tradición.

Café.

Historias.

Risas.

Y algún consejo que siempre terminaba teniendo razón.

El hombre que siempre parecía guardar algo

Había una cosa curiosa sobre Don Ernesto.

En una esquina de su salón descansaba una vieja maleta marrón.

Gastada.

Descolorida.

Con las esquinas rotas.

Jamás la abría delante de nadie.

Una vez le pregunté qué guardaba allí.